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![]() | Cambalache Nada os pido. Ni os amo ni os odio. Con dejarme Ultima conexión: Poker Texas Hold'em 10 días 16 horas hace |
CUIDADO CON LA TRISTEZA
- by: Cambalache,
- fecha: 20/04/2012,
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Alg
uien dijo que había que tener cuidado con la tristeza, porque ésta se podía converti r en un vicio. Yo os advierto que os cuidéis de las lágrimas fáciles y de las plañider as de lujo. De los poetas desaliña dos y de los trovador es excesivo s. Quien os ama siempre tenderá una sonrisa sobre vuestra almohada. LA CASITA BLANCA
- by: Cambalache,
- fecha: 19/04/2012,
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Ten
go cuatro agendas con tu nombre. Dos móviles con tu número. Y tres razones para amarte. Pero vives en una casita blanca. Tengo un tatuaje con tu corazón. Un champú que utilizas te. Y una fotograf ía de tu ausencia. Pero dicen mis amigos saber que vives en una casita blanca. Sé a qué saben tus labios. Conozco el calor de tu cintura. La suavidad de tu vientre y el tacto de tu aliento. Pero de nada me vale por vivir tú en una casita blanca. No. No me gusta tu casita blanca. No me gusta porque nunca la visita el sol y porque huele a fibras de humo y afonías. Y porque tiene dos camarero s que no ríen y un alcohol aguado que no cicatriz a el alma. Tampoco me gustan sus alcobas macilent as con aroma a resina y a agua turbia. Pero tú vives en la casita blanca y ahí vive tu pelo dorado por los dioses normando s y tus labios hechizad os por la magia de un druida. Tienes los ojos tristes –me dijiste al conocerm e. Tengo las manos tristes –te contesté mientras las miraba. Reíste y me besaste. Te aparté con delicade za y negué hasta en tres ocasione s. Desde ese día fuimos sólo compañer os en tu casita blanca. Conscien tes de un naufragi o irremedi able en un mar donde zozobran todas las barcazas que no navegan hacia el ritual acostumb rado. Fue por eso que empezamo
s a dejar la casita blanca y buscamos otoños y bosques. Taxis y lluvias. Semáforo s ámbar y tascas cenicien tas. Fue aquel tiempo en que el cielo olía a cielo y tú olías a azúcar. Fue el tiempo de todos los amanecer es que mis brazos han rodeado. De todos los espejos y de todos los caminos. Fue un tiempo para amar, pero fue un amor para todos los tiempos. Éramos dos interrog antes rodeados de gente que nos buscaba. Lo sabíamos y, con el tiempo –por la inercia de lo que es inevitab le- nos dejamos encontra r… Tú volviste a tu casita blanca –sin más lágrimas que las mías- y yo quedé –sin más besos que los tuyos- en mi embaldos
ado terroso –mirando las paredes y transita ndo por la foto de tu ausencia –en la que ríes señaland o un pájaro dorado. Hoy te recuerdo como sólo se recuerda aquello que se ha de olvidar, y te amo como sólo se ama cuando se escribe con furia y locura. Lejos de tu casa. A la que ya no me acerco porque allí se trata mal a los poetas que roban cenicien
tas… LAS SÁBANAS CURIOSAS
- by: Cambalache,
- fecha: 05/04/2012,
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Ten
go mi balcón –sí, ése que es de segunda, como mi piso y mi corazón- mostrand o al vecindar io curioso las sábanas que han servido, durante algo más de una semana, de lienzo a mis sueños y a mi alma. Hoy tardarán más en secarse. Llueve en la calle donde aboca mi estancia. Y la humedad es mala aliada para que los últimos vestigio s del agua hiervan hacia la ausencia definiti va. En mi balcón han muerto dos plantas desde el invierno. El descuido hizo con ellas lo mismo que tú hiciste conmigo. Eran dos plantas prosaica s, de ésas que tratan de avivar los espacios de los solitari os. Es curioso a cuántos solitari os conozco provisto s de dos plantas y un gato. Yo ya no tengo las dos plantas –ahora me conformo con una caña de bambú que se resiste a la muerte retorcid a en su propio eje- y nunca he tenido un gato, porque una vez me dijeron que los gatos comen pelos y, no me pareció higiénic o comparti r mi casa con una especie que se alimenta de cabellos y pescado –odio el pescado y su olor a mar difunto. Mientr
as escribo, cercano al balcón, mi mirada se estrella frontalm ente contra las sábanas que dieron origen a esta misiva sin destino. Parecen nubes sin alma. Sudarios sin difuntos que les den volumen. Propieta rias de sueños fantasma les que alguna vez embozaro n mis desvarío s y duermeve las. Mínimas poseedor as de las pieles que ampararo n -pieles níveas como la de ella a la que nunca olvido a pesar de su daño… M
añana, porque ya hoy definiti vamente la humedad lo ha evitado, las destende ré de sus alambres y, con la impericia que da la soledad para ciertos menester es, serán mal dobladas y guardada s en el armario que ocupa con holgura cierta pared de mi dormitor io. Serán colocada s sin esmero en el mismo cajón donde abandono, por costumbr e, los envoltor ios de los jabones que uso -en mi pobre ilusión de que tomarán algo de su perfume mudo. Quedarán entonces allí. Quietas y allanada s. Listas para nuevas batallas o para simples vasallaj es. Siguiend o su insalvab le destino de fieles armadura s de mi colchón de látex y miseria… BLOG EXTERNO: PENSAMIE
NTOSIMPR OPIOS.BLOGSPOT DIME SI AÚN ME RECUERDAS
- by: Cambalache,
- fecha: 04/04/2012,
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Sí. No es estéril la pregunta. Llevo ya mucho tiempo en este naufragi
o de silencio s. La marea se hace turbia y la luna lleva sin aparecer demasiad o tiempo. Hay excesos de noches en mi barca. Aquella barca que te sostuvo y te alimentó de besos y quimeras. Apenas tengo letras que componer y, cuando lo hago, tú sigues en el fondo de la rima, como un verso indeciso por acercars e. Hoy tal vez abra el tintero y otra vez emborrac he las cuartill as con las palabras que te crearon. Sigo vivo. Lo siento porque aún te recuerdo. Vivo y loco como aquél que te quiso y no quiere apartar tus labios de su almohada. EL PASEO DE MI CORAZÓN
- by: Cambalache,
- fecha: 26/03/2012,
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Hoy he sacado el corazón a pasear. Le he puesto un trajecit
o de color discreto y unos zapatos con las medias suelas nuevas. También lo he peinado con cierta compostu ra y, por si acaso, le he aplacado sus rizos genético s con algo de espuma de desmemor ia. Cuando sale a pasear, mi corazón late antes de cruzar el umbral que lo fronteri za, como un perrillo inquieto antes del alivio rutinari o.
A eso de las once, se codeaba todo él con los otros corazones paseante s por la misma gravilla. A pesar del tiempo que no se nos veía juntos, no hemos sido asaetead os por excesiva s miradas indiscre tas, cosa que ambos hemos agradeci do, por eso de no estar el ánimo para muchas –ni pocas- explicac iones.
Junto a la naciente flor de la esquina de la muralla milenaria que deja a mi barrio en extramur os, le he sentido hurgar en el polen hasta en tres ocasione s –que, a mi contra, no debe, el reproduc tor elemento, ser ocasión de trastorn o para él. Señalado el lugar sin el orín indiscre to –que atrás quedó ya el símil con el perrillo impacien te- hemos paseado luego hasta más allá de la iglesia que dedican a San Lorenzo y -c omo parecía tener hoy más necesida d de olisquea r que de costumbr e- ha tomado algo de incienso que sobresal ía por la rendija que estrujan las puertas del templo, el mismo incienso que se llevaban, en sus alas batiente s, dos mariposa s de un amarillo chillón desagrad able que bailaban con la inútil gracilid ad con que lo hacen semejant es lepidópt eros.
Iba mi corazón hoy advertido de que no es buen tiempo para romances ni romanzas, pero él –siempre cantor ciego- se ha estremec ido en un par de ocasione s con la mirada sultana de algunas chiquill as de las que anuncian primaver as. Señalada entonces mi mano en el pecho, ha cesado su latir inquieto, hasta volver a quedar éste en la sístole prudente y en la diástole atinada.
A eso de la una –cuando el mediodía apretaba su mejilla contra el suelo- andaba ya el trajecito que le impuse algo sudado y, las medias suelas –que no debieron de ser bien calzadas - advertía n de un despegue casi inmediat o. Tal eran las cosas, que creí que era hora del final del paseo -que luego lleva el resfrío de este tiempo y las toses y los incómodo s estornud os.
Llegados a casa con la barra de pan tibio bajo el brazo y, tomado nuevamente su lugar oportuno, lo he visto algo menos deslucid o que estos días pasados, pero aún se advierte n las ojeras y cierta palidez en su laberint o de cavidade s. Mañana, a lo mejor, si la brisa deja la veleta detenida, volvemos a dar otro paseo –por eso de que se acostumb re a la soledad de la primaver a. Y, a lo mejor, mañana, llegamos más allá de extramur os, donde dicen que también se encuentr an otros corazone s a los que tampoco asusta el polen de las flores principi antes. AÚN LLUEVE INVIERNO
- by: Cambalache,
- fecha: 16/03/2012,
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Lluev
e. Llueven aún pedacito s de invierno. El día se ha vestido capricho so de lucir colores pero, al azul lo ha seguido el gris y, al gris un ceniza regio que resbala indeciso por los tejados y los cocheron es. En mi balcón, una cepa de bambú superviv iente del frío –y huérfana de las que fueran sus dos compañer as- se enreda en la espesura de la humedad como una batuta del músico que soñé ser en otro tiempo. Me alegra que aún no te vayas Invierno porque eres tú el me sigues regaland o mis mejores primaver as. PARA PAOLA (Que no pudo nacer...)
- by: Cambalache,
- fecha: 15/03/2012,
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No has querido presenta
rte en el cuento que te tenía preparad o. Preferis te permanec er eterna en la postura iniciáti ca -probabl emente tu dedo en la boca. Tus pies diminuto s esperand o el contacto con el planeta. Tus manos prestas para la primera caricia. Has elegido quedarte para siempre en el vientre que te tuvo y te sostuvo. El que te sustentó mientras soñaba cada noche con tu cara de muñeca a medio hacer y que, hoy llora la oquedad de tu aciaga ausencia. Quedar
á, para siempre, tendido en el tejado el trajecit o celeste. El caballit o de madera se mecerá con la brisa de tu ausencia. Confundi do estará tu ángel de la guarda. Envuelto el árbol del columpio en la liana de la cuerda extensa -ese árbol al que este año no le llegará el milagro de la primaver a. Te me has ido como un jazmín indeciso de emerger. Como un azahar dudoso de empezar a alimenta
r las ramas del algún almendro. No has querido ser princesa ni capitana de barco. Renuncia ste a ser cazadora de hadas o títere de poeta. Has preferid o ser, antes de nada, para la eternida d, recuerdo. Yo te bautizo Paola con el agua del Cosmos y te hago célula de mi corazón y de mis versos. Porque para siempre bendigo tu existenc ia. Duerme en paz chiquita. EL ANDÉN DE LA PRIMAVERA
- by: Cambalache,
- fecha: 14/03/2012,
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A veces parte sin mí el tren donde persiste
ntemente viajo y, en su partida, lo contempl o alejarse -humedec idos los ojos y quieta la maleta. Será inútil todo esfuerzo por alcanzar lo. El reloj de la estación se adelantó sin previo aviso y, ahora sólo queda la mirada lacerant e al horizont e que perturba. Quedo entonces –asumida ya la pérdida a la que llegué más por destino que por tardanza
- arrellan ado en este banco que me hicieron a propósit o de madera, y me conviert o en ebanista transeún te, en servidor de la gubia que medra aún más sus listones arrugado s. Aquí, entre sus carcomas devorado ras, me estrujo con la brisa inacabad a y, a modo de sábana macilent a, me embozo con recuerdo s de otros tiempos, con la ignoranc ia de si aún quedará alguien bosqueja ndo versos en las paredes. Huele este andén siniestr
o a gasóleo e hierro viejo machacad o, a soledad en blanco y negro, a posos de café y bolsitas de té mohosas. Es este lugar –en el que quedo- la contraut opía de los paisajes, el laberinto de las llanuras vejatori as, el andrajo de un cielo estallad o en las aristas de sus constela ciones. Sobre la arena seca que alimenta mis suelas malgasta
das –otrora aserrín de risas- escupo la saliva que derrocha mi garganta, formando las únicas estrella s que permite el tapiz malencar ado. A mi siniestr a, algo que pudo ser una botella, recuerd a el presente de la resaca y acoge en su boca dos moscas machacon as y ciegas. El petróleo de las uvas me llena el estómago y la cabeza, y ocupa el lugar de la sangre y la sesera. No sé llorar y no lloro. Tan sólo mantengo la amargura en la marmita imaginar ia de mi tráquea. No hay más viajeros atrasado
s en esta estación de fantasma s y desmemor ias. Solo quedo y solo destrozo las palabras que ayer compuse. A cantar me paro si la tarde queda rota y, las alas batiente s de algún insecto, me recuerda n la mudez de lo entonado. No recuerdo la música que me enseñast e. Ni las palabras que tras de ayer me emociona ron. El banco de madera sigue figurand o firme. Impertur bable. Como el acomodo infernal de cada ominoso pensamie nto. Por eso me fue hecho a propósit o. Para evitar un rendimie nto protecto r. Para alargar la tortura del tiempo que, impertur bable, pasa y pasa volviend o a hacer llagas que saben, una vez más, a primaver a. ¿Qué fue de mí?
- by: Cambalache,
- fecha: 14/03/2012,
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¿Qué fue de mí ahora que no estoy? ¿Qué de mis palabras almibara
das y coquetas ? Aún no puedo regresar. He perdido el tren de vuelta y ya no me quedan estacion es por recorrer. Aguarda. Tal vez mañana las fuerzas me acompañe n y, bajo una luna discreta, vuelva mi canción a tu balconad a. EL CAZADOR DE HADAS
- by: Cambalache,
- fecha: 28/02/2012,
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Hac
e unos días conocí a un Cazador de hadas. No, no juzguéis aún mi relato, yo tampoco sabía de la existenc ia de semejant e ocupació n. También os advierto –para futuros encuentr os- de que todo Cazador de hadas lleva un extraño instrume nto al que llaman –él me lo dijo- cimbalom. No, yo tampoco sabía qué era un cimbalom. Él me lo explicó. Es un quiméric o instrume nto musical que sirve para cazar hadas –me dijo, llegada la ocasión, en un castella no desorden ado por su acento. El Cazador de hadas que os refiero era húngaro y se había sentado en un banco a afinar la puntería de su ingenio. Mi curiosid
ad –que es la misma que acabó con una de las vidas del gato- me hizo sentarme junto a él. Le miré con extrañez a y me devolvió la extrañez a y la mirada. Hola –le dije a modo de saludo simplifi cado. Y él asintió -devolvi endo la simple ceremoni a. Mientras lo hacía, trasteab a con su extraño cachivac he como si anduvies e preparan do la trampa para el uso requerid o. ¿Cómo se llama? –curiose é mientras señalaba el insólito artefact o. Y ahí me lo dijo como os lo he dicho: Cimbalom. Como no le entendí a la primera -por su tonada húngara y, por no ser ésta palabra propia de mi vocabula rio- lo hubo de repetir hasta en tres ocasione s. Entonces saqué mi cuaderno -de-anot ar- palabras -que-no- están-en -mi-voca bulario y lo anoté con letra bien clarita c-i-m-b -a-l-o-m –que si no luego mi propia escritur a se vuelve rebelde y dice lo que ella quiere. Le sonreí tras anotarlo. Sirve para cazar hadas –me apuntó muy serio. Debió de ver mi cara demudada porque volvió a sonreír… ¿Para cazar hadas? –reincid í en pregunta r esta vez con cierto tartamud eo. Sí, para cazar hadas –reiteró y siguió trastean do. ¿Pero hay hadas por aquí? –insistí mientras miraba a mi alrededo r esperand o ver alguna criatura fantásti ca. En todos los lugares hay hadas –afirmó mientras me miraba con cierto mohín de ofendido. Ya, ya, claro también aquí –asentí convenci do mientras mis ojos no paraban de buscar a algún ser diminuto y etéreo siempre fiel a mi principi o de que existen más cosas que aquéllas que creemos... Fue en aquel preciso instante –mientra s mis pensamie ntos se estaban barajand o- cuando comenzó a manipula r el instrume nto de abajo arriba y de arriba abajo, y una sucesión de cuerdas se rindiero n al peso de dos mazos pequeños que las percutía n con una habilida d prodigio sa, engendra ndo tal ejercici o una melodía increíbl emente mágica. Un grupo de curiosos se arremoli naron junto al banco. He de confesar que les lancé una mirada opositor a. ¡Eh que al Cazador de hadas lo conocí yo primero! -quise gritar. Pero callé por pudor y por prudenci a. Y es que era mi deseo que, si empezaba n a aparecer criatura s bellas, fuese yo el primero en contempl arlas. Pero cuando observé que el Cazador sólo me miraba a mí, mientras sonreía al ritmo de su música, quedé más tranquil o. De repente y, tras un arpegio de secreta belleza, amplió aún más su sonrisa y, mirándom e a los ojos me susurró con orgullo: Acabo de cazar a una nereida… Miré a mi alrededo r ¿Quién ha visto entrar a una nereida en este cachivac he? –quise volver a gritar. Pero entonces, me di cuenta de que el Cazador sólo me había contado la verdad de su historia a mí y que, aquella turba de gente que continua ba aumentan do a nuestro rededor, sólo iban a advertir la presenci a de un músico con un extraño instrume nto sonoro. Así fue que pasamos toda la mañana atrapand
o hadas. Prendien do sus almas –que era lo propio del interés del Cazador- entre el cordaje bien dispuest o. Según variaban los acordes de las melodías un extraño olor a bosques de nogales, a ríos y fresnos húmedos rodeaba nuestro banco. No sé cuántas hadas más cayeron en la trampa, él me lo señalaba cada vez que ocurría, ora con las cuerdas graves, ora con las más agudas, ora con su sonrisa de húngaro… Y yo sonreía, entendie ndo todo y sin entender nada… L
legado el mediodía -como llegada la hora esperada - paró de percutir de repente. Ya –concluy ó de forma rotunda mientras echaba una estera negra y tupida sobre el instrume nto. La luz del mediodía podría hacerles daño. Vamos a guardarl o todo –decretó con naturali dad mientras me proveyó de un cinturón de zíngaro. Quedé perplejo. ¿Era ése el final? ¿No me iba a mostrar a ningún ser de los cazados? Se puso en pie y me hizo ayudarle a enfundar su maquinar ia en un maletín de ese color marrón que sólo tiene el cuero de los viajeros. Rodeamos éste con el cinturón que aún colgaba en mis manos y se echó al hombro el conjunto. Ya en pie –donde me percaté de su altura desmedid a- me tendió su mano encallad a por el roce del cordaje. Se deshizo en una ligera reverenc ia y, sin dar lugar a ninguna interrog ante se alejó por el horizont e urbano con su mágica trampa bajo el brazo. Quedé en el banco hasta que mi mirada ya no alcanzó a verlo. Y quedó todo el día su estampa y su artilugi
o preñando mi imaginac ión de viajero a la locura. Cuando febrero se echó la noche al hombro y regresé a la casa que me da calor en estos días, descubrí que, el olor a humedale s de otro mundo, invadía cada poro de mis tejidos, un olor que, desde entonces atesoro y que, me sigue recordan do que, una mañana, acompaña dos por un instrume nto que llaman cimbalom, un húngaro y yo estuvimo s juntos cazando hadas –sin saber con certeza su destino- en un escabel urbano con una música hechicer a como cebo. B
LOG EXTERNO: pensamie ntosimpr opios.blogspot

Paola descanza en paz niña hermosa 
